Santa Ana no nació como ciudad de café. Nació como Ciguatehuacan, un pueblo pipil que tras la Conquista se convirtió en una encomienda rica que se prolongó hasta el siglo XVIII. La historiadora Meritxell Tous Mata describe el proceso: conforme disminuía la población indígena, el pueblo recibió peninsulares, criollos, mestizos y negros, y en el siglo XVIII se organizó en barrios según el origen de sus habitantes. En 1811 las Cortes españolas le concedieron el título de villa.
Durante la Colonia fue un lugar secundario dentro de la economía de la provincia de San Salvador. Sonsonate, su vecina, concentraba el cacao y el añil; Santa Ana tenía tierras, ganado y una posición de paso hacia Guatemala. Lo que la cambió fue un arbusto cuyo cultivo comercial se expandió a mediados del siglo XIX y que, en tres décadas, reorganizó la propiedad, el trabajo y el paisaje.
La década en que la renta se multiplicó
Tous Mata sitúa la «edad de oro del café» salvadoreño entre 1863 y 1885. En ese lapso, Santa Ana pasó de villa sin mayor peso a uno de los centros económicos del país. Los números que cita la investigadora son elocuentes: entre 1865 y 1875 los ingresos por exportación de café se multiplicaron por diez y llegaron a un millón de colones en 1875; en 1879, el grano representaba el 48% de los ingresos totales del ramo de exportaciones.
Detrás de esas cifras hubo una transformación de la tierra. La expansión cafetalera se apoyó en el despojo de ejidos y tierras comunales que las poblaciones indígenas habían conservado desde la Colonia. La antigua oligarquía criolla se convirtió en oligarquía cafetalera, y la ciudad empezó a recibir la renta de un producto que se vendía en Europa y en Estados Unidos. La arquitectura que hoy se visita es, en buena medida, la forma material de esa renta.
El incendio que abrió el siglo
En 1870, un incendio destruyó la antigua casa consistorial. La municipalidad quedó sin local propio y surgió la necesidad de construir uno acorde con el crecimiento urbano. Según el Ministerio de Cultura, hubo un primer intento en 1872, pero la obra arrancó lentamente en 1874, con alteraciones a lo largo de los años. El inmueble ocupa 3.271 metros cuadrados en la manzana al poniente del parque Libertad.
Tous Mata atribuye el proyecto al arquitecto Francisco Moreno, lo data en 1875 y consigna un costo de 130.000 colones. Las dos versiones no se contradicen: la obra se inició en 1874 y se concluyó hacia 1875, y después siguió modificándose. El edificio tiene dos niveles, arcos de medio punto, columnas dóricas, frontones semicirculares en la planta baja y triangulares en la alta, y una torre de reloj rematada por una cúpula.
El palacio no fue un capricho estético. Fue la respuesta institucional de una ciudad que estaba dejando de ser pueblo: el edificio desde donde se administraba el crecimiento urbano.
Un teatro para demostrar solvencia
La primera piedra del Teatro de Santa Ana se colocó el 9 de febrero de 1902, por encargo de la Junta de Fomento de la ciudad, creada en 1889 para ejecutar obras públicas. Los planos fueron del ingeniero Domingo Call; la construcción, de la Sociedad Constructora de Occidente; la decoración y el mobiliario, de los arquitectos italianos Francisco Durini y Cristóbal Molinari. El telón lo pintó Antonio Rovescalli.
Inaugurado en 1910, el edificio es de estilo historicista, con predominio del neorrenacimiento en el exterior y una decoración abundante en el interior. La fachada principal se organiza en tres cuerpos con arcadas de medio punto, balcones y tres frontones semicirculares; el central exhibe el antiguo escudo de Santa Ana. En 1982, el Decreto Legislativo número 88, del 14 de octubre, lo declaró Monumento Nacional, y entre 1987 y 2005 se sometió a un proceso de restauración.
La catedral, la escuela y el reloj de la ciudad
En 1906 se demolió la antigua parroquia del siglo XVI y se colocó la primera piedra de la futura catedral, al otro lado de la plaza. El diseño fue elaborado por el arquitecto Aurelio Fuentes y la obra la concluyó el italiano Luis Capillano en 1959, año de su consagración. Es de cruz latina, tres naves, bóveda de crucería, fachada neogótica con elementos bizantinos y dos campanarios con agujas.
A inicios del siglo XX, por orden del general Tomás Regalado, se construyó la Escuela de Oficios José Mariano Méndez, con fachada de tres niveles, seis gradas de acceso y un arco de medio punto con un tímpano donde se representaron los instrumentos de los oficios que enseñaba. Tous Mata registra su destino: el abandono y las indecisiones políticas provocaron su destrucción.
El riel que unió la ciudad con el mar
El café necesitaba salir. En la década de 1860 se construyó la carretera entre Acajutla y Santa Ana, uno de los primeros intentos estatales de modernizar el transporte, según la reseña histórica del puerto que elaboró la Comisión Ejecutiva Portuaria Autónoma (CEPA). Faltaba el ferrocarril: en 1881 se firmó la contrata para extender la línea de Sonsonate a Santa Ana, aprobada por la Asamblea Legislativa el 11 de marzo de 1882, pero los trabajos se retrasaron.
La inauguración oficial del servicio entre Acajutla, Santa Ana y San Salvador se realizó el 15 de abril de 1900. El Diario Oficial del día siguiente lo registró: «las vías de comunicación entre las principales poblaciones del Salvador, reportarán incalculables ventajas al comercio y a la agricultura», cita la reseña de Ferrocarriles Nacionales de El Salvador (FENADESAL). Ese año la ciudad quedó conectada, en un solo trayecto, con el puerto y con la capital.
Los números de una ciudad que se creía capital
En 1905, Santa Ana tenía más de 58.000 habitantes, según la geografía de Jorge F. Castro que cita Tous Mata. La misma fuente enumera los edificios públicos notables: el Palacio Municipal, un hermoso teatro, el hospital, el cuartel de artillería, dos hospicios de huérfanos, un amplio mercado y el colegio de la Asunción, además de tres parques de recreo y varias plazuelas.
La ciudad también produjo presidentes. Tomás Regalado gobernó entre 1898 y 1903, y Pedro José Escalón, de una familia de grandes terratenientes cafetaleros, entre 1903 y 1907. Ambos impulsaron obras en su ciudad natal. Ese dato ayuda a entender por qué Santa Ana concentró edificios públicos de una escala que no correspondía al tamaño de su población.
Santa Ana: obras, fechas y datos
| Año | Hecho |
|---|---|
| 1811 | Las Cortes españolas conceden a Santa Ana el título de villa |
| 1863–1885 | «Edad de oro del café» en El Salvador |
| 1865–1875 | Los ingresos por exportación de café se multiplican por diez |
| 1870 | Un incendio destruye la casa consistorial |
| 1874–1875 | Se construye el Palacio Municipal |
| 1889 | Se crea la Junta de Fomento de la ciudad |
| 1900 | Se inaugura el ferrocarril Acajutla–Santa Ana–San Salvador |
| 1902 | Primera piedra del teatro (9 de febrero) |
| 1910 | Inauguración del teatro |
| 1959 | Consagración de la catedral |
| 1982 | El teatro y la alcaldía son declarados Monumento Nacional |
Fuente: Tous Mata (2017); Ministerio de Cultura de El Salvador; FENADESAL.
Lo que la piedra no dice
La misma economía que levantó el teatro sostuvo un orden rural excluyente. Tous Mata recuerda que la región fue escenario de los levantamientos de los Volcaneños en 1834, 1839 y 1870, que protestaban contra las actuaciones del Gobierno Federal y contra el despojo de ejidos y tierras comunales. La ciudad monumental y el campo sin tierra formaron parte del mismo proceso.
Hay un segundo matiz. Los estilos que se adoptaron —neogótico, neoclásico y, sobre todo, neorrenacimiento afrancesado— no salieron de una escuela local, sino de un repertorio europeo importado. Tous cita a Joan Molet para describir una arquitectura de «baja intensidad», que en muchos casos se limitó a incorporar elementos decorativos en las fachadas. La modernización fue, en arquitectura, una operación de imagen tanto como de técnica.
El patrimonio como pregunta abierta
El teatro y la alcaldía son Monumento Nacional desde 1982. La alcaldía, además, cuenta con el Escudo Azul desde 2004, el emblema de la Convención de La Haya de 1954 para proteger bienes culturales en caso de conflicto armado. La restauración del teatro tomó dieciocho años, entre 1987 y 2005, y el edificio volvió a funcionar como espacio escénico.
El resto del conjunto no tuvo la misma suerte: la Escuela de Oficios se perdió y la catedral esperó medio siglo para consagrarse. El centro histórico sigue en pie como testimonio de esa etapa, con o sin declaratoria individual para cada casa. Santa Ana es hoy una ciudad mucho más grande que la de 1905 y discute qué hacer con un centro histórico construido para otra escala.
La pregunta que deja este perfil no es arquitectónica. Es política: qué se conserva, con qué dinero y para quién. La ciudad que el café construyó sigue en pie, pero el café ya no paga sus techos.