La migración salvadoreña hacia Estados Unidos no empezó con la guerra civil. Empezó como un desplazamiento campesino hacia las plantaciones de banano de Honduras, siguió como una salida económica hacia el norte en los años setenta y solo después se convirtió en un éxodo masivo provocado por el conflicto armado. Separar esas tres capas es indispensable para entender la cronología: cada una tuvo causas distintas, rutas distintas y respuestas distintas del Estado estadounidense.
Este cuaderno reconstruye el período 1950-2000 con cuatro dimensiones que se cruzan: las causas estructurales —tierra, empleo, precios agrícolas—, la guerra, las redes migratorias que hicieron del viaje un camino conocido y la política de Estados Unidos, que abrió y cerró compuertas según su propia agenda.
Antes de 1950: el campo que expulsaba
El Informe sobre Desarrollo Humano de El Salvador de 2005, citado por la investigadora Kimberling Verónica Hernández, identifica cuatro etapas de alta migración. La primera va de 1920 a 1969: los salvadoreños salían sobre todo hacia Honduras, donde había tierra y trabajo, y esa dinámica se intensificó en los años cuarenta con la expulsión de campesinos de las planicies costeras debido al cultivo extensivo del algodón. Durante la Segunda Guerra Mundial también aumentó la movilidad hacia Panamá y Estados Unidos. Al final de esa etapa se estimaban más de 73 000 migrantes salvadoreños.
Ese dato importa porque desmiente una idea frecuente: antes de 1970 ya existía un flujo consolidado, aunque pequeño. No era una migración de refugiados, sino de trabajadores agrícolas y de personas desplazadas por la expansión de cultivos comerciales.
1950-1969: Honduras como primer destino
La cercanía, la demanda de brazos en las bananeras y la posibilidad de acceder a tierra hicieron de Honduras el destino natural durante los años cincuenta y sesenta. Miles de familias cruzaron la frontera de forma estacional o definitiva. Ese patrón se interrumpió en 1969, con la guerra de las Cien Horas entre ambos países y el quiebre del Mercado Común Centroamericano.
El conflicto de julio de 1969, conocido también como guerra del Fútbol, duró cuatro días y tuvo consecuencias duraderas sobre la movilidad regional. La síntesis de Hernández lo señala como el punto en que los migrantes que antes iban a Honduras cambiaron de rumbo y buscaron su destino en Estados Unidos. En ese período, añade, la legislación estadounidense favoreció la legalización y la reunificación familiar. En 1980, el censo de Estados Unidos contaba 94.447 salvadoreños nacidos en el exterior residiendo en ese país, casi cinco veces más que los 15.717 de 1970.
1970-1979: el giro hacia el norte
Los setenta combinaron presión estructural y oportunidad legal. La economía salvadoreña seguía dependiendo del café y del algodón, con una estructura agraria concentrada y salarios rurales bajos; la industrialización sustitutiva de importaciones, impulsada desde los años sesenta, no generó empleo suficiente para una población rural en crecimiento. La válvula de escape hondureña se había cerrado y la red migratoria empezó a orientarse hacia California, Texas y la costa este.
La política estadounidense de esos años no fue restrictiva. El régimen de reunificación familiar permitió que quienes ya estaban regularizados trajeran a sus parientes, y ese mecanismo fue el canal por el que la migración salvadoreña pasó de individuos aislados a cadenas familiares. La cifra acumulada se multiplicó: de 15.717 en 1970 a 94.447 en 1980, según los censos de Estados Unidos.
1980-1991: la guerra como causa y como coartada
La década de 1980 es la etapa más crítica. La guerra civil, la violencia estatal y paramilitar, los secuestros y los reclutamientos forzados empujaron a cientos de miles de personas a salir, y Estados Unidos fue el destino principal. La investigadora Cristina Gómez Johnson documenta cómo los salvadoreños llegados a Los Ángeles entre 1980 y 1992 reutilizaron su experiencia organizativa de origen para crear asociaciones que atendieran las necesidades inmediatas del exilio y que, en varios casos, mantuvieron vínculos con el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional mediante envíos en especie y en metálico.
Ese flujo tuvo un rasgo que lo distingue de una migración económica ordinaria: una parte importante de quienes salían habría calificado como refugiada bajo los estándares internacionales. Aun así, el reconocimiento legal fue excepcional, y la mayoría se quedó en situación irregular o dependió de mecanismos temporales. La Ley de Reforma y Control de la Migración (IRCA) de 1986 abrió un proceso de regularización que, según Hernández, facilitó la incorporación de parte de esos migrantes y consolidó la reunificación familiar.
En 1990 el censo contaba 465.433 salvadoreños nacidos en el exterior; en 2000, la cifra llegó a 817.336. La guerra no explica esa cifra por sí sola: explica el salto, pero la permanencia se sostuvo en el empleo, las redes y la diferencia salarial.
Redes: quién le enseña el camino a quién
Las redes migratorias explican por qué la salida continuó cuando las causas inmediatas cambiaron. Una familia con un miembro establecido en Estados Unidos reduce el costo y el riesgo del viaje de los siguientes: hay dónde llegar, a quién preguntar, cómo conseguir trabajo y cómo enviar dinero. Ese mecanismo, descrito por la literatura migratoria como causación acumulativa, convierte la migración en un proceso que se sostiene a sí mismo.
El trabajo de Gómez Johnson muestra una dimensión política de esas redes: las organizaciones de salvadoreños en Los Ángeles no solo asistían a los recién llegados, también actuaban como estructuras de apoyo al conflicto en el país de origen. Algunas siguieron funcionando después de los acuerdos de paz, con objetivos distintos. La red, en ese caso, no fue solo un canal económico: fue una infraestructura comunitaria.
1992-2000: la paz no detuvo la salida
Los acuerdos de paz de Chapultepec, firmados en enero de 1992, cerraron el conflicto armado y permitieron el retorno de una parte de la población desplazada. No detuvieron la emigración. Según el PNUD, en el período 1992-2005 los problemas estructurales —desigualdad, falta de oportunidades productivas, ausencia de empleo decente— volvieron a motivar la salida, y a ellos se sumaron los daños del huracán Mitch en 1998 y los terremotos de 2001. Las estimaciones para esa etapa sitúan a la población salvadoreña en el exterior entre 887 000 y 2 750 000 personas.
El resultado se puede medir de otra manera. El PNUD calculaba que hacia 2005 unos dos millones 664 mil salvadoreños vivían fuera del país según cálculos del Gobierno, mientras institutos estadounidenses estimaban un poco más de un millón solo en Estados Unidos; otras fuentes hablaban de cerca de dos millones. La discrepancia no es un error de nadie: refleja la dificultad de contar a una población que en buena parte es indocumentada.
La política estadounidense, en tres compuertas
El factor estadounidense operó en tres momentos distintos. Primero, la apertura relativa de los años setenta, con la reunificación familiar como canal principal. Segundo, la regularización de 1986, que reconoció a una parte de quienes ya estaban trabajando en el país. Tercero, la respuesta a los terremotos de 2001: el Estatuto de Protección Temporal (TPS) para El Salvador fue designado el 9 de marzo de 2001, con residencia continua exigida desde el 13 de febrero de ese año y presencia física continua desde el 9 de marzo, según el registro oficial del Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos.
Ese tercer momento cae fuera del corte de esta cronología, pero cierra el ciclo que aquí se describe: la política migratoria estadounidense respondió a la guerra, a la economía y a los desastres, no a un plan de ordenamiento de los flujos. Cada compuerta que se abrió o se cerró cambió el perfil de quienes podían quedarse y de quienes quedaban en una situación precaria.
Cronología de la migración salvadoreña a Estados Unidos, 1950-2000
| Año o período | Hecho | Dimensión |
|---|---|---|
| 1950-1969 | Salidas principalmente hacia Honduras; la expansión del algodón desplaza campesinos de las planicies costeras | Estructural |
| 1969 | Guerra de las Cien Horas con Honduras y quiebre del Mercado Común Centroamericano; el flujo se reorienta | Estructural y política regional |
| 1970-1979 | Crecimiento de la salida hacia Estados Unidos; la legislación favorece la reunificación familiar | Redes y política estadounidense |
| 1980-1991 | Guerra civil: violencia, secuestros y reclutamiento forzado; formación de organizaciones de refugiados en Los Ángeles | Guerra y redes |
| 1986 | Ley de Reforma y Control de la Migración (IRCA): proceso de regularización | Política estadounidense |
| Inicios de 1990 | Más de 519 000 migrantes salvadoreños acumulados | Magnitud del flujo |
| 1992 | Acuerdos de paz de Chapultepec; retornos parciales, pero la emigración continúa | Guerra y posguerra |
| 1998 | Huracán Mitch: daños en Centroamérica y nuevo impulso a la salida | Estructural y ambiental |
| 2000 | La migración se consolida como fenómeno estructural, sostenido por redes y remesas | Redes y economía |
Fuente: Elaboración propia con base en PNUD (2006), Hernández (2023) y Gómez Johnson (2015).
Cómo leer la cronología
La primera advertencia es sobre las cifras. Los conteos de población migrante salvadoreña varían según la fuente y el método: encuestas en origen, censos en destino, registros consulares y estimaciones de organismos internacionales producen números distintos. Por eso este cuaderno usa rangos y atribuye cada dato a su fuente en lugar de ofrecer un total único.
La segunda es sobre las causas. Reducir la migración salvadoreña a la guerra civil es cómodo y falso. La guerra explica el salto de los ochenta, pero no explica por qué el flujo empezó en los años cuarenta, por qué se reorientó en 1969 ni por qué continuó después de 1992. La explicación más consistente es la suma de presión estructural, conflicto armado, redes consolidadas y decisiones políticas tomadas en Washington.
La tercera es sobre las consecuencias económicas. El PNUD registraba que en 2005 uno de cada cuatro hogares salvadoreños recibía remesas y que en 2006 entraron al país 3 315 millones de dólares por ese concepto. El investigador Alexander Segovia describe el resultado como un modelo que depende de la migración y de las remesas para sostener el consumo y las importaciones, después del colapso de la economía agroexportadora en los ochenta. La migración dejó de ser un desborde del conflicto para convertirse en una pieza del funcionamiento económico del país.