La bahía de Jiquilisco no se ve de un solo golpe. Es un laberinto de esteros, canales, islas, playones y barras de arena que se extiende por unos 55 kilómetros de costa en el oriente de Usulután, desde la desembocadura del río Lempa hasta La Chepona, en Jucuarán. Allí donde el agua salada entra y sale con la marea, el manglar forma la estructura que sostiene todo lo demás.
El Complejo Bahía de Jiquilisco fue inscrito en la lista Ramsar el 31 de octubre de 2005 con 63.500 hectáreas. La ficha oficial lo describe como la mayor extensión de agua salobre y bosque salado de El Salvador, con al menos seis tipos de manglar, un complejo lagunar de agua dulce y bosques estacionalmente saturados conectados al humedal.
Ese reconocimiento internacional convive con una realidad administrativa y social compleja. La bahía pertenece a seis municipios, alberga decenas de comunidades costeras y sostiene actividades que van desde la pesca artesanal hasta la extracción de sal. Este reportaje reconstruye, con fuentes documentales, qué se sabe de ese territorio y qué queda fuera de los registros.
La mitad del manglar del país
La afirmación se repite en documentos oficiales y académicos: en Jiquilisco se concentra cerca de la mitad de los manglares de El Salvador. La UNESCO, que en 2007 declaró la Reserva de Biosfera Xiriualtique–Jiquilisco, calcula que la reserva alberga 22.369 hectáreas de manglar, más de la mitad de la superficie nacional y cerca del 47% de los manglares de la costa norte del Pacífico seco mesoamericano.
La reserva abarca 101.607 hectáreas y su nombre viene del vocablo xiriualtique, que la UNESCO traduce como lugar en la bahía de las estrellas, y del jiquilite, la planta de la que se extraía el añil. Allí se encuentran cinco especies de mangle: mangle rojo, mangle negro, mangle blanco, botoncillo y Rhizophora harrisonii. Los árboles alcanzan unos diez metros de altura, con ejemplares de hasta 17.
La superficie exacta, sin embargo, depende de quién la mida. La ficha Ramsar del sitio, elaborada en 2004, registra 18.720 hectáreas de manglar como una de las extensiones continuas más grandes de esa ecorregión. Una tesis de la Universidad de El Salvador de junio de 2025, basada en imágenes satelitales, calcula 22.912 hectáreas y describe 27 islas e islotes en la bahía.
Cuánto manglar hay en Jiquilisco, según cada fuente
| Fuente | Superficie (ha) | Qué mide |
|---|---|---|
| Ficha Ramsar del sitio, 2004 | 18.720 | Extensión continua de manglar en la bahía |
| UNESCO, 2026 | 22.369 | Manglar dentro de la Reserva de Biosfera |
| Universidad de El Salvador, 2025 | 22.912 | Manglar de la bahía según imágenes satelitales |
| Superficie total del sitio Ramsar | 63.500 | Humedal completo: esteros, lagunas, playas e islas |
Fuente: Elaboración propia con las fichas Ramsar, la ficha de UNESCO y la tesis de la UES.
Las diferencias no son un error de nadie en particular. Cambian los polígonos, los años de las imágenes y el criterio para decidir qué cuenta como manglar y qué como bosque de transición. Pero tienen una consecuencia práctica: cualquier meta de restauración expresada en hectáreas depende de la línea base que se elija.
Qué protege el manglar
La ficha Ramsar es explícita. Los manglares de Jiquilisco cumplen una función hidrológica, biológica y ecológica para el funcionamiento de sus cuencas —la del Lempa, la del Grande de San Miguel y las situadas entre ambas— y desempeñan un papel importante en el control, alivio o prevención de inundaciones, además de fijar el suelo y controlar la erosión.
Esa función no es abstracta. Un manglar frente a la costa reduce la energía de la ola antes de que llegue a una vivienda. Las raíces retienen sedimento y estabilizan la línea de costa. En un territorio expuesto a tormentas, crecidas de río y sismicidad, la franja de manglar funciona como infraestructura de bajo costo que no requiere mantenimiento mecánico.
Durante un monitoreo del Ministerio de Medio Ambiente en Punta San Juan, el coordinador de monitoreo de biodiversidad, Enrique Barraza, describió esa protección en términos directos: los manglares amortiguan el efecto de una inundación causada por una ola que penetre del mar y regulan las inundaciones que ocasionan los ríos. La declaración fue publicada por Diario El Salvador el 13 de abril de 2026.
La ficha Ramsar también menciona otros tres bosques incluidos en el humedal: Normandía, con 440,6 hectáreas, Chaguantique, con dos parches de 35,4 y 41,7 hectáreas, y El Tercio, con 43,5. Son bosques estacionalmente saturados, un tipo de comunidad vegetal poco frecuente en la ecorregión y uno de los últimos relictos del país.
Un bosque que sostiene economías
La ficha Ramsar enumera los aprovechamientos del sitio: pesquero, marisquero, camaronero-salinero, ganadería, plantaciones de coco y turismo. La UNESCO añade que las comunidades de San Juan del Gozo, La Chepona, Salinas del Potrero, Isla Méndez, El Bajón y El Espino dependen de la pesca artesanal, la recolección de moluscos, la acuicultura y la agricultura de subsistencia.
Los moluscos tienen nombre propio en la economía local. La ficha Ramsar registra tres especies de bivalvos del género Anadara con valor comercial: el curil, la concha negra y el casco de burro. También menciona la mojarra negra entre los peces del área, y el papel del manglar como zona de cría para especies que después se pescan mar adentro.
Las cifras de población son viejas y no coinciden entre sí. La ficha de 2004 contabiliza 147.549 habitantes en los seis municipios vinculados al humedal —Jiquilisco, Puerto El Triunfo, Usulután, San Dionisio, Concepción Batres y Jucuarán— y 31 cantones en contacto con la zona húmeda. Un informe de asistencia técnica del MARN y la cooperación española de 2003 describía como beneficiarios directos de un programa pesquero a 5.000 pescadores de diez comunidades, y como beneficiarios indirectos a la población del área natural protegida, estimada entonces en unas 45.000 personas.
Esas dos cifras no miden lo mismo: una cuenta habitantes de municipios enteros y la otra, beneficiarios previstos de un proyecto. Ninguna sirve para saber cuántas personas viven hoy de la bahía. Ese dato, que cualquier política de manejo necesitaría, no aparece en las fuentes consultadas.
Las amenazas documentadas
La ficha Ramsar identifica presiones concretas sobre la fauna. Las cuatro especies de tortuga marina que anidan en la bahía —verde, carey, golfina y baule— sufren sobrepredación de huevos, mortandad de adultos en la franja costera por los barcos camaroneros arrastreros y pérdida de hábitat de anidación en lugares como El Espino. La ficha también advierte sobre la presencia de una especie introducida, el Alligator mississippiensis, y sobre la presión que enfrentan los bosques ribereños.
La UNESCO, por su parte, describe un patrón de pérdida de cobertura arbórea en la reserva durante las últimas décadas. Lo atribuye a incendios forestales y, sobre todo, a la expansión agrícola, la ganadería y el desarrollo urbano. Su proyecto de restauración, descrito en la ficha actualizada en mayo de 2026, identifica 13 sitios prioritarios y más de 13,3 hectáreas de manglar degradado con potencial de recuperación.
Hay una amenaza que aparece en todas las fuentes y que no se resuelve plantando árboles: la alteración hidrológica. Un manglar depende del flujo de marea y de la mezcla entre agua dulce y salada. Si un canal se bloquea, si se rellena un estero o si cambia el aporte de sedimento del río, el bosque puede morir de pie aunque nadie lo tale.
El monitoreo que se hace hoy
El Ministerio de Medio Ambiente mantiene monitoreos acuáticos periódicos en la bahía. En el monitoreo reportado por Diario El Salvador en abril de 2026, el equipo registró peces de fondo duro, langostas, caballitos de mar, gusanos poliquetos y dos tortugas carey en Punta San Juan. Barraza señaló que la presencia de esas especies refleja el estado de salud del estuario y recordó que la carey anida y se alimenta en la zona antes de desplazarse al golfo de Fonseca.
El monitoreo incluye también la verificación del estado de los manglares y de los moluscos que se extraen con fines alimenticios y comerciales, y acciones de educación ambiental en las comunidades aledañas. Es una tarea de vigilancia, no de restauración: sirve para detectar cambios, no para revertirlos.
La restauración tiene otro ritmo. La UNESCO trabaja con técnicas de ecología forense para reconstruir patrones de degradación, con un marco de monitoreo de hidrología, biodiversidad, estructura del manglar y suelo, y con talleres dirigidos a comunidades, organizaciones civiles, gobiernos locales y personal del MARN. El componente de restauración cubre, por ahora, algo más de trece hectáreas.
La escala importa. Trece hectáreas son una fracción mínima de las más de 22.000 hectáreas de manglar de la bahía. El valor del proyecto está en el método y en la capacidad instalada, no en la superficie. Como en casi toda la política ambiental salvadoreña, la pregunta no es qué hacer sino cómo pasar de los proyectos demostrativos a la escala del territorio.
Lo que la bahía todavía no tiene
Jiquilisco acumula figuras de protección: sitio Ramsar desde 2005, reserva de biosfera desde 2007, área natural protegida y humedal de importancia internacional. Lo que no tiene, según las fuentes revisadas, es una línea base actualizada y pública de su manglar, una cifra reciente de población dependiente y un registro sistemático de la pérdida de cobertura.
- 2004: se completa la ficha Ramsar del Complejo Bahía de Jiquilisco, con 63.500 hectáreas.
- 2005: el sitio se inscribe en la lista Ramsar el 31 de octubre.
- 2007: la UNESCO declara la Reserva de Biosfera Xiriualtique–Jiquilisco, con 101.607 hectáreas.
- 2025: una tesis de la Universidad de El Salvador calcula 22.912 hectáreas de manglar con imágenes satelitales.
- 2026: la UNESCO ejecuta un proyecto de restauración en 13 sitios prioritarios y más de 13,3 hectáreas.
Un manglar no se protege con una declaratoria. Se protege manteniendo el flujo de agua que lo alimenta, controlando lo que se vierte en él y garantizando que las comunidades que viven de sus recursos tengan alternativas cuando la extracción deja de ser sostenible. En Jiquilisco, esas tres condiciones están documentadas como problemas, no como logros.
La paradoja del sitio es que su valor está reconocido en el extranjero con más precisión que en el propio territorio. La ficha Ramsar describe especies, hectáreas y amenazas con detalle. Lo que falta es la misma precisión aplicada cada año, con datos abiertos y comparables, para saber si el bosque que protege a las comunidades sigue ahí dentro de una década.