Cada pocos años, el océano Pacífico ecuatorial se calienta o se enfría más de lo normal y el clima de medio planeta se reacomoda. Al calentamiento se le llama El Niño; al enfriamiento, La Niña. Son dos fases del mismo sistema, la Oscilación del Sur de El Niño (ENOS), y en Centroamérica se traducen en una disyuntiva conocida: o falta lluvia, o sobra.
En 2026 la disyuntiva se inclinó con fuerza hacia la falta. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) advirtió en septiembre que el episodio en curso se convertirá en uno de intensidad muy fuerte, y en octubre precisó que las temperaturas del Pacífico central y oriental podrían alcanzar valores sin precedentes entre octubre y diciembre. Los pronósticos regionales anticipan lluvia por debajo de lo normal en Centroamérica para el trimestre noviembre-enero.
Qué es El Niño y qué es La Niña
El Niño es un calentamiento a gran escala de las aguas superficiales de la parte central y oriental del Pacífico ecuatorial, acompañado de cambios en los vientos, la presión y las precipitaciones. La Niña es lo contrario: un enfriamiento anómalo en la misma región. Ambos alteran la circulación atmosférica tropical, y por eso sus efectos se sienten lejos del océano que los origina.
El mecanismo tiene tres piezas. Primero, los vientos alisios, que soplan de este a oeste y empujan agua cálida hacia el Pacífico occidental. Segundo, la termoclina, la frontera entre el agua cálida superficial y el agua fría profunda. Tercero, la circulación de Walker, el patrón de ascenso y descenso de aire que organiza las lluvias tropicales. Cuando los alisios se debilitan, el agua cálida se expande hacia el este, la termoclina se hunde en el Pacífico oriental y las lluvias migran con ella.
La Niña hace lo opuesto: alisios más intensos, termoclina más somera en el este y precipitaciones que se concentran en el oeste. El Instituto Meteorológico Nacional de Costa Rica resume el efecto regional: durante La Niña, las precipitaciones acumulan cantidades por encima de lo normal en Indonesia y, en general, en Centroamérica.
El índice cambió de nombre en 2026
Para saber si hay El Niño hace falta un número. El más usado fue durante décadas el Índice Oceánico de El Niño (ONI): el promedio móvil de tres meses de las anomalías de temperatura superficial del mar en la región Niño 3.4, entre 5 grados norte y 5 grados sur, y 120 y 170 grados oeste. Un valor sostenido por encima de +0,5 grados indica El Niño; por debajo de -0,5, La Niña.
En 2026 el Centro de Predicción Climática de la NOAA comunicó un cambio: el índice que se usa para el monitoreo y la predicción oficial del ENOS es ahora el RONI, la versión relativa del mismo índice. La diferencia técnica es que al RONI se le resta el promedio tropical de las anomalías, de modo que descuenta parte de la señal del calentamiento global y se concentra en el patrón del Pacífico.
Lo que dicen los números de 2023 a 2026
La serie del RONI permite ver el ciclo completo. En 2023 el índice cruzó el umbral cálido y cerró el año en +1,4 grados. En 2024 se desplomó: pasó de +1,1 en el trimestre diciembre-febrero a -1,0 en noviembre-enero, es decir, de un El Niño a una La Niña en menos de doce meses. La fase fría se mantuvo durante 2025 y se desvaneció a comienzos de 2026.
Índice RONI por trimestre móvil, 2023-2026
| Trimestre | RONI (°C) | Fase |
|---|---|---|
| JAS 2023 | +0,8 | El Niño |
| NDJ 2023-2024 | +1,4 | El Niño |
| MAM 2024 | 0,0 | Neutro |
| JJA 2024 | -0,5 | La Niña |
| NDJ 2024-2025 | -1,0 | La Niña |
| MAM 2025 | -0,5 | La Niña |
| NDJ 2025-2026 | -1,0 | La Niña |
| MAM 2026 | 0,0 | Neutro |
| AMJ 2026 | +0,5 | El Niño |
| JJA 2026 | +1,4 | El Niño |
| JAS 2026 | +1,7 | El Niño |
Fuente: NOAA, Climate Prediction Center, Relative Oceanic Niño Index (ERSSTv6), consultado en octubre de 2026. Cada fila es un promedio móvil de tres meses.
El salto de 2026 es abrupto: de 0,0 en marzo-mayo a +1,7 en julio-septiembre. La OMM reporta una progresión equivalente en términos absolutos: la anomalía de la región Niño 3.4 pasó de +1,6 grados en junio a +2,5 en agosto, y el pronóstico para octubre-diciembre apunta a +3,7 grados de media estacional, por encima del récord anterior de +2,6 grados registrado entre noviembre de 2015 y enero de 2016.
La diferencia entre +1,7 y +3,7 no es una contradicción: son índices distintos, con bases de referencia distintas. El RONI resta la señal tropical media; el dato de la OMM usa una referencia de 1993-2009. Lo que ambos coinciden en señalar es la magnitud del episodio. La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, lo resumió así: podría ser uno de los episodios más intensos desde, al menos, 1950.
Centroamérica, entre dos océanos
El istmo está bañado por el Pacífico, donde nace la señal del ENOS, y por el Caribe, donde se gestan los ciclones tropicales. Su clima depende de la interacción entre ambos, de la Zona de Convergencia Intertropical y de la canícula, esa pausa de lluvias de julio y agosto que en un año de El Niño puede convertirse en sequía.
Los foros regionales del clima traducen esa complejidad en escenarios. La LXXX Perspectiva del Clima de América Central, coordinada por el Comité Regional de Recursos Hidráulicos del SICA, reunió en abril de 2026 a expertos de Belice, Guatemala, Honduras, El Salvador, Costa Rica, Panamá y República Dominicana. El diagnóstico de entonces era una fase neutra con alta probabilidad de que El Niño se formara durante el período de la perspectiva.
Para El Salvador, el documento es explícito. El MARN elaboró su pronóstico con series de 33 estaciones de precipitación y 25 de temperatura, y seleccionó años análogos: 1972, 1997, 2002, 2006, 2009, 2012, 2018 y 2023. La canícula se anticiparía al 25 de junio en el oriente y al 30 de junio en el resto del país, y se extendería al menos hasta la segunda década de agosto, con intensidad entre moderada y fuerte.
El pronóstico añadía una frase que explica buena parte de lo que vino después: alta probabilidad de sequía meteorológica a nivel nacional, con mayor incidencia en los municipios del Corredor Seco de Centroamérica. Se estimaban dos episodios, uno en julio con posibilidad de alcanzar categoría severa y otro más leve hacia mediados de agosto. La probabilidad de temporales extremos en el trimestre mayo-julio se calculaba en torno al 20%.
La sequía, en datos
El boletín de octubre de 2026 del Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno de El Niño (CIIFEN) confirma el escenario. Durante septiembre se registraron precipitaciones por debajo de lo normal en gran parte de Centroamérica, aunque con excepciones: partes de Nicaragua y Costa Rica recibieron lluvia por encima de lo normal. Para el trimestre noviembre-enero, los modelos NMME y ECMWF coinciden en condiciones bajo lo normal en Centroamérica y temperaturas del aire sobre lo normal en la región.
La combinación es la receta de la sequía agrícola: menos lluvia, más calor y más evaporación. No hace falta un año entero seco para que una cosecha se pierda; basta con que el agua falte en el momento en que el cultivo la necesita. La canícula de 2026 llegó antes y se quedó más tiempo, justo en la fase en que el maíz y el frijol definen su rendimiento.
La Niña y el otro extremo
Si El Niño tiende a secar el Pacífico centroamericano, La Niña hace lo contrario. El Instituto Meteorológico Nacional de Costa Rica señala que durante la fase fría las precipitaciones se acumulan por encima de lo normal en Centroamérica. Más lluvia no significa automáticamente más agua disponible: significa también más escorrentía, más deslizamientos y más presión sobre obras construidas para un régimen distinto.
Hay un segundo canal de impacto, menos intuitivo. La LXXX Perspectiva del Clima explica que El Niño suele aumentar la cizalladura del viento sobre el Atlántico tropical, una condición poco favorable para una temporada de huracanes muy activa. Con La Niña ocurre lo contrario: la cizalladura disminuye y la cuenca del Atlántico queda más abierta a la formación de ciclones.
Por eso la frase «año de La Niña» no describe un riesgo único. Describe dos: el de las lluvias persistentes que saturan suelos y ríos, y el de los huracanes que llegan con el terreno ya empapado. En un istmo con pendientes pronunciadas, deforestación y asentamientos en zonas de riesgo, esa combinación es la que produce las inundaciones que aparecen en los noticieros.
Por qué el mismo fenómeno no golpea igual
El Niño es global; sus impactos son locales. Entre la anomalía del Pacífico y la cosecha perdida hay una cadena de factores que ninguna serie de temperatura captura: la vertiente en la que está el terreno, la cobertura vegetal, la capacidad de almacenamiento de agua, el tipo de suelo y la existencia de un sistema de alerta temprana que funcione.
La vertiente importa. La ladera del Pacífico centroamericano tiene una estación seca marcada; la del Caribe recibe humedad casi todo el año. Un mismo déficit de lluvia puede ser catastrófico en el Corredor Seco y pasar casi inadvertido en la costa caribeña de Nicaragua o Costa Rica. El boletín de CIIFEN de octubre de 2026 lo muestra: sequía en la mayor parte de la región y exceso en algunos puntos del sureste.
La infraestructura importa todavía más. Un embalse con capacidad de reserva atraviesa un verano seco sin racionamiento; una red que pierde agua en el trayecto, no. Del mismo modo, un sistema de drenaje dimensionado para lluvias de otra época convierte una tormenta ordinaria en una inundación urbana.
Qué mirar en los próximos meses
El consenso de los centros mundiales es que El Niño seguirá intensificándose hasta su punto máximo hacia finales de 2026, con una probabilidad cercana al 100% de que persista hasta febrero de 2027. CIIFEN añade que podría mantenerse hasta el primer trimestre de 2027. El impacto centroamericano no termina con el año: se extiende a la estación seca y a la siembra siguiente.
Tres indicadores merecen seguimiento: la lluvia acumulada en la estación seca, que define cuánta agua llega a embalses y acuíferos; la temperatura del Pacífico oriental, donde se concentraron las anomalías de 2026; y la fecha de inicio de la próxima canícula, que si vuelve a adelantarse dejaría al sistema agrícola con dos años consecutivos de estrés.
Para el lector, la regla práctica es sencilla: cuando se anuncie un año de El Niño, la pregunta útil no es cuánta lluvia faltará, sino cuánta agua hay guardada. Y cuando se anuncie La Niña, la pregunta no es cuánta lluvia caerá, sino dónde va a escurrir. El fenómeno lo decide el océano; el impacto, todavía, lo decide el territorio.