El informe semanal de calidad del aire que el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) emitió el 19 de octubre de 2026 clasificó el aire del país como bueno para PM2.5 y PM10, y anticipó que esa condición se mantendría durante las próximas 72 horas. El documento es breve y claro. También es un pronóstico: se apoya en el modelo CAMS-DOA, no en lo que registraron los sensores esa mañana.
La distinción importa. Un pronóstico responde a la pregunta de qué aire se espera. La salud pública necesita otra respuesta: cuántos microgramos de partículas finas había por metro cúbico, en qué estación, con qué cobertura horaria y durante cuántos días al año se superó un umbral. Esa información existe, pero casi nunca llega al público en forma de serie.
Este cuaderno describe lo que el sistema salvadoreño mide, lo que publica y lo que deja fuera. No evalúa si el aire de San Salvador es bueno o malo: sin concentraciones comparables, esa afirmación no se puede sostener con datos.
Un contaminante, tres estaciones
El monitoreo oficial se concentra en el material particulado fino. La Dirección General del Observatorio de Amenazas y Recursos Naturales del MARN opera la Red de Monitoreo de la Calidad del Aire (REDCA) y mide PM2.5 en el Área Metropolitana de San Salvador (AMSS) con estaciones automáticas. El detalle técnico está en el procedimiento Monitoreo de Calidad del Aire (código IAM-MFN-PD-21), autorizado en agosto de 2020.
Ese documento describe el circuito completo: monitores de atenuación beta (BAM), registro horario, 24 datos por día y por estación, y un software propietario (E-DAS, versión 5.50a) instalado en un servidor del ministerio. También indica cuántas estaciones había entonces: tres. Todas dentro del AMSS.
Tres estaciones para todo un país no es un dato menor. La red cubre una fracción del territorio y una parte del problema. Un municipio de La Unión, un valle de Ahuachapán o una zona industrial de Sonsonate no tienen, con la información publicada, una serie propia de partículas finas.
El 20 de octubre de 2026, la página de tiempo real del MARN mostraba tres zonas —San Salvador Oeste, Centro y Este— y dos de ellas aparecían marcadas como en mantenimiento. El PM2.5 figuraba como parámetro crítico. Una estación detenida no produce serie, y una serie con huecos no sirve para calcular promedios anuales comparables.
El informe semanal no publica concentraciones
El boletín del 19 de octubre de 2026 explica que la calidad del aire se clasifica según los valores del Índice Centroamericano de Calidad del Aire (ICCA), una escala regional con categorías que van de buena a peligrosa. El informe remite a una tabla del ICCA y entrega el resultado en palabras: bueno, satisfactorio, no satisfactorio.
Lo que no entrega es el número. No dice cuántos microgramos por metro cúbico se pronosticaron, ni cuántos se midieron el día anterior, ni cuál fue el máximo horario. Tampoco incluye la cobertura de datos de cada estación, un dato indispensable para saber si el promedio es confiable.
La institución sí publica concentraciones cuando el episodio es grave. El informe especial del 14 de septiembre de 2026, por polvo del Sahara, informó valores previstos de entre 60 y 70 microgramos por metro cúbico para ese día, con riesgo alto para la salud, y de 25 a 50 microgramos para el 15 y el 16 de septiembre, con impacto medio. La capacidad técnica existe. La decisión de publicar el número, en cambio, parece reservada a las alertas.
Esa asimetría tiene una consecuencia práctica: el público aprende a asociar «calidad del aire» con emergencias y no con una serie continua. Un país no puede discutir si su aire mejora si la información solo aparece cuando hay polvo del desierto en el cielo.
La brecha entre el índice y la guía de la OMS
Las directrices mundiales de la Organización Mundial de la Salud (OMS), actualizadas en 2021, fijan para el PM2.5 un valor guía anual de 5 microgramos por metro cúbico y de 15 microgramos para el promedio de 24 horas. Son valores exigentes, pensados como referencia sanitaria y no como norma legal: la propia OMS aclara que sus guías no son vinculantes y que cada país debe fijar sus estándares según su capacidad técnica y su contexto.
Las guías incluyen objetivos intermedios para que un país pueda avanzar por etapas: 35, 25, 15 y 10 microgramos anuales antes de llegar a 5. Esa escalera es útil porque reconoce que ninguna ciudad de renta media salta de un día para otro al valor guía. También es útil para leer un índice: una categoría «buena» en una escala regional puede estar varias veces por encima del valor que la OMS considera protector.
La OMS estima que la contaminación del aire ambiente causó 4,2 millones de muertes prematuras en el mundo en 2019, y que ese año el 99% de la población vivía en lugares que no cumplían sus niveles guía. La carga se concentra en países de renta baja y media. El PM2.5 es el contaminante con más evidencia asociada: atraviesa los pulmones y llega al torrente sanguíneo.
De ahí la importancia de un número y no de una etiqueta. «Bueno» sin concentración es una opinión administrativa; 5 microgramos es un umbral verificable. Entre una cosa y otra cabe casi cualquier política pública, incluida la de no hacer nada.
Lo que no aparece en la tabla
El aire contiene más que partículas. La guía de la OMS cubre también ozono, dióxido de nitrógeno, dióxido de azufre y monóxido de carbono, cada uno con su tiempo de exposición y su valor. En El Salvador, la información pública continua se organiza alrededor del PM2.5 y, en menor medida, del PM10.
Qué se mide y qué se informa sobre el aire en El Salvador
| Parámetro | Información pública continua | Dónde | Fuente |
|---|---|---|---|
| PM2.5 | Sí, con estaciones automáticas; se difunde como categoría del ICCA | Área Metropolitana de San Salvador | MARN / SNET |
| PM10 | Parcial: aparece en el informe semanal y en episodios, sin serie abierta | AMSS y pronóstico nacional | MARN / SNET |
| Polvo del Sahara | Sí, como pronóstico con concentraciones en episodios | Territorio nacional | MARN, 2026 |
| Ozono (O3) | No hay serie pública identificada | — | — |
| Dióxido de nitrógeno (NO2) | No hay serie pública identificada | — | — |
| Dióxido de azufre (SO2) | No hay serie pública identificada | — | — |
| Monóxido de carbono (CO) | No hay serie pública identificada | — | — |
| Carbono negro | No hay serie pública identificada | — | — |
Fuente: Elaboración propia con el procedimiento IAM-MFN-PD-21, los informes del MARN y las directrices de la OMS. La ausencia de serie pública se refiere a la información accesible en línea en octubre de 2026, no a la existencia de mediciones internas.
El ozono es el caso más incómodo. Se forma por reacción de compuestos orgánicos volátiles y óxidos de nitrógeno bajo la luz solar, no sale de una chimenea y no se puede estimar mirando el tráfico. Sin medición continua, un país no sabe si tiene un problema de ozono troposférico; simplemente no lo discute.
Algo parecido ocurre con el dióxido de nitrógeno y el carbono negro, dos marcadores directos de la combustión diésel. Son los contaminantes que más se acercan al tubo de escape y los que mejor permitirían evaluar el efecto de una política de transporte. Si no se miden, no se pueden atribuir.
El tráfico como fuente que no se audita
El parque vehicular del país cerró 2025 con 2.022.324 vehículos, un 8% más que el año anterior, según el Observatorio Nacional de Seguridad Vial citado por El Diario de Hoy. De ese total, 1.697.645 son de gasolina, 300.867 de diésel y solo 688 eléctricos. El departamento de San Salvador concentra la mayor cantidad; el distrito de San Salvador suma 245.466 unidades.
Ese crecimiento tiene una traducción atmosférica previsible: más combustión en el mismo espacio, sobre todo en horas pico. El diésel aporta una fracción del parque y una porción desproporcionada de partículas finas y óxidos de nitrógeno. Sin embargo, la red no distingue por tipo de combustible ni por corredor vial.
La academia ha cubierto parte del hueco con instrumentos de bajo costo. Un equipo de la Universidad de El Salvador publicó en 2024 en la Revista Minerva el desarrollo de un medidor portátil que registra PM1, PM2.5, PM10, temperatura, humedad, formaldehído, posición y el índice ICCA, con 25 variables por muestra. Es investigación valiosa y, al mismo tiempo, una señal de que la red oficial no llega a todos los lugares donde haría falta medir.
Episodios: cuando el número sí aparece
El polvo del Sahara es el episodio mejor documentado. El 14 de septiembre de 2026, el MARN informó concentraciones previstas de 60 a 70 microgramos por metro cúbico y recomendó evitar la exposición al aire libre, con atención especial a adultos mayores, niños, embarazadas y personas con enfermedades respiratorias. El origen es natural y transitorio; el efecto sobre la salud, real.
La pólvora es el otro episodio recurrente. El 25 de diciembre de 2025, según el informe del MARN, la estación del ex Comando de Doctrina y Educación Militar (Codem) registró un incremento de PM2.5 y PM10 asociado a la quema de pólvora de Nochebuena. Entre la 1:00 y las 2:00 de la madrugada la calidad se clasificó como no satisfactoria; después volvió a satisfactoria.
Dos episodios distintos, una misma lógica: el sistema informa concentraciones cuando hay una causa visible que las explique. El resto del año, la concentración de fondo —la que sostiene la exposición crónica— queda fuera del boletín.
Qué haría falta para saber si el aire mejora
La lista es corta. Publicar la concentración horaria y diaria por estación, junto con la cobertura de datos. Mantener un registro público de mantenimientos y calibraciones. Reportar el promedio anual de PM2.5 con la misma metodología cada año, para que la comparación sea posible. Y ampliar la red más allá del AMSS, empezando por las ciudades intermedias con mayor densidad vehicular.
El segundo bloque es el de los contaminantes ausentes: ozono, NO2, SO2, CO y carbono negro. No hace falta medirlos en todas partes al mismo tiempo. Bastaría con una estación de referencia urbana que opere de forma continua y publique su serie.
El tercero es el más difícil: conectar el dato con decisiones. Un promedio anual no cambia el aire por sí solo, pero permite evaluar si una restricción vehicular, una renovación de flota o una norma de emisiones funcionó. Sin línea base no hay evaluación, y sin evaluación la política ambiental se vuelve un acto de fe.
Mientras eso no ocurra, la conversación pública sobre el aire en San Salvador seguirá dependiendo de dos extremos: el boletín que dice «bueno» y la fotografía del cielo brumoso. Ninguno de los dos es un dato. El país tiene los instrumentos para producir el dato; lo que falta es la decisión de publicarlo con la misma regularidad con que se publica el pronóstico.