El café hondureño crece en montaña. La mayor parte de la producción sale de laderas ubicadas en 210 de los 298 municipios y en 15 de los 18 departamentos, según el Instituto Hondureño del Café. Es una geografía de pendientes, caminos difíciles y parcelas pequeñas, y esa forma del territorio explica buena parte de su historia: quién posee la tierra, quién la trabaja y quién se queda con la ganancia.
Una fecha que no existe
No hay acuerdo sobre cuándo llegó el café a Honduras. Una versión lo sitúa en 1799, procedente del puerto de Trujillo; otra lo ubica pocos años después, sin precisar la ruta de entrada. Lo que sí está documentado es que durante sus primeras décadas fue una planta de jardín y de uso medicinal, no un cultivo comercial. Los rendimientos eran bajos y el grano no competía con la ganadería, la minería ni el banano.
El impulso vino del Estado. En 1849, el presidente José Coronado Chávez fomentó el cultivo mediante decreto; en 1860, el general José María Medina lo promovió en el valle de Sensenti y en San Marcos de Ocotepeque. El giro decisivo fue la Ley de Agricultura de abril de 1877, bajo el gobierno de Marco Aurelio Soto y su ministro Ramón Rosa: con ella comenzó una economía del café orientada al mercado internacional.
La reforma liberal y la tierra
La ley de 1877 facilitó que los grupos con poder económico adquirieran las mejores tierras. En la práctica, bastaba con «cercar» tierras nacionales —muchas veces quienes tenían influencia en el municipio— y luego legalizar la posesión cuando apareció la institucionalidad correspondiente. Las municipalidades, por su parte, siguieron entregando ejidos sin uso para que se cultivaran, y varias alcaldías concedieron extensiones considerables para promover el café.
El caso de Corquín es elocuente: en 1873 el municipio hacía constar que tenía más de 450 manzanas de café, con un promedio de tres a cuatro manzanas por finca. La legislación de fomento agrícola de la reforma liberal definía como agricultor a quien cultivara cinco manzanas (3,5 hectáreas) de café, diez de caña de azúcar u ocho de añil, y ofrecía tierras nacionales, comunales o ejidales a precio bajo o en censo.
Sin embargo, las leyes y decretos de finales del siglo XIX no produjeron una expansión extensiva inmediata. El acceso a la tierra siguió siendo un obstáculo hasta la década de 1970, cuando se abrieron caminos para la explotación maderera y el Estado creó instituciones de fomento. La historia del café hondureño es, por eso, más lenta y más fragmentada que la de sus vecinos.
El problema del trabajo
La otra cara de la entrega de tierras fue la necesidad de brazos. La legislación autorizó a las autoridades locales a reclutar y proporcionar a los agricultores los jornaleros que necesitaban, y les garantizó un salario «justo y corriente» según el uso de la época, además de liberarlos del servicio militar obligatorio y del trabajo no remunerado en obras públicas.
La combinación era contradictoria: la acumulación de propiedad exigía despojar al pequeño campesino, pero la producción necesitaba fijarlo cerca de la finca. La solución fue el minifundio, que mantenía mano de obra abundante y barata en las cercanías de la hacienda. Ese arreglo dejó una huella duradera: explica por qué la caficultura hondureña terminó siendo una pirámide de productores pequeños y no un paisaje de grandes plantaciones.
Del banano al café
Entre 1910 y 1930 el banano se expandió en la costa caribeña y el café creció en las montañas del interior. Entre 1930 y 1950, el café pasó a un lugar subordinado: el banano se convirtió en el principal producto de exportación y la crisis de los años treinta golpeó a ambos. La caficultura quedó como actividad de pequeños y medianos productores, sin el peso político de otros países de la región.
El cambio llegó en los años setenta. El alza del precio internacional coincidió con la creación del Instituto Nacional Agrario en 1962, del IHCAFE en 1970, de la Corporación Hondureña de Desarrollo Forestal en 1974 y del Instituto Hondureño de Mercadeo Agrícola en 1978, además de la reforma agraria de diciembre de 1974. Con caminos, crédito y tierras, miles de familias se instalaron en laderas que antes se consideraban improductivas.
Exportaciones hondureñas de café, 2021–2025
| Año | Valor (millones de USD) | Volumen (millones de sacos de 46 kg) |
|---|---|---|
| 2021 | 1.243,9 | 7,9 |
| 2022 | 1.404,9 | 5,9 |
| 2023 | 1.392,5 | 7,0 |
| 2024 | 1.218,2 | 6,0 |
| 2025 | 2.329,1 | 6,5 |
Fuente: Instituto Nacional de Estadística de Honduras, con datos de aduanas y del Banco Central de Honduras.
La pirámide cafetalera
El Censo Agropecuario Nacional de 2024, cuyos resultados preliminares se presentaron en enero de 2026, registró 440.217 hectáreas sembradas de café, de las cuales 407.680 estaban en producción, con un rendimiento promedio de 0,7 toneladas por hectárea. Es la primera medición de este tipo desde 1993 y confirma una estructura atomizada: El Paraíso, Lempira y La Paz concentran casi la mitad de las explotaciones de cultivos permanentes.
El occidente del país concentra la mayor densidad de fincas. Con datos de 2016, el IHCAFE registraba allí 24.716 productores, sobre todo en Lempira, Copán y Ocotepeque, con un promedio de tres a cinco manzanas por familia y un aprovechamiento del 85% de la superficie. La caficultura de esa región se ubica entre los 500 y los 1.600 metros sobre el nivel del mar, en terrenos con poco acceso a tecnología, energía y financiamiento.
El IHCAFE calcula que más de 100.000 familias viven del café y que la actividad genera más de un millón de empleos a lo largo de la cadena. La estimación de productores ronda los 120.000, y el 92% de la producción proviene de familias que cultivan entre tres y cinco manzanas. El café aportó el 25,17% del valor agregado bruto agropecuario en 2024, según el Banco Central de Honduras; el propio IHCAFE ha hablado de cerca del 38% del PIB agrícola, una diferencia que se explica por la forma de medir.
El precio récord de 2025
En 2025 Honduras exportó café por 2.329,1 millones de dólares, un 91,2% más que en 2024, impulsado por un precio promedio de 360,2 dólares por saco de 46 kilogramos —76,7% superior al del año anterior— y por 6,5 millones de sacos, 8,3% más en volumen. En diciembre de 2025 el precio promedio llegó a 369,63 dólares. Las importaciones, en cambio, siguieron siendo marginales: 7,8 millones de dólares, el 0,33% del valor exportado.
El impulso continuó en 2026. El Banco Central de Honduras informó que a mayo de ese año los envíos de café sumaron 124,4 millones de dólares más que en el mismo periodo de 2025, equivalentes a 1.039,8 miles de sacos adicionales. El país se consolida como primer productor de Centroamérica, tercero del continente y octavo del mundo, según la clasificación que cita el INE.
Lo que el auge no resuelve
Un precio alto no corrige una estructura. Un rendimiento de 0,7 toneladas por hectárea es bajo frente a lo que permiten las variedades mejoradas y el manejo técnico, y refleja fincas viejas, en pendiente y con poca asistencia. También deja al productor expuesto a la volatilidad: entre 2023 y 2024 el valor exportado cayó 12,5%, y la recuperación de 2025 dependió casi por completo del precio internacional.
A eso se suman la tenencia irregular de la tierra, la edad de los cafetales y el costo de renovarlos. La caficultura hondureña sostiene a decenas de miles de familias precisamente porque es intensiva en trabajo, no en capital; cualquier política que exija inversión fuerte sin crédito ni asistencia puede empujar a los pequeños productores fuera del mercado.
Cómo leer el café hondureño
La historia del café en Honduras no se entiende como una sucesión de bonanzas. Se entiende como la lenta construcción de un campesinado cafetalero: tierras ejidales repartidas, jornaleros reclutados por autoridades locales, un Estado que llegó tarde a fomentar el cultivo y una reforma agraria que, en los años setenta, terminó de dibujar el mapa de las laderas.
Ese mapa explica el presente. El país que exporta 2.329 millones de dólares en café es el mismo donde la mayoría de los productores cultiva menos de cinco manzanas y depende de un precio que no fija. La pregunta pendiente no es cuánto café puede producir Honduras, sino bajo qué condiciones pueden seguir produciéndolo quienes hoy la sostienen.